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En marketing hay una verdad incómoda: las personas no siempre eligen lo mejor, eligen lo que mejor se vende.
Por eso existen algunas marcas que, sin ser las mejores, son elegidas en el mercado.
Porque entienden algo clave: la decisión no es racional, es emocional.
Ahora llevemos eso al terreno político.
El problema no es que la gente no tenga información a la mano. El problema es que estamos sobreexpuestos a narrativas.
Y entre tantas voces, termina ganando aquello que:
Eso no es ignorancia. Eso se llama consumo sin criterio.
Porque seamos honestos: Cuando vamos a comprar un celular, comparamos modelos y especificaciones. Cuando elegimos un hotel, revisamos calificaciones. Cuando contratamos un servicio, pedimos referencias. Leemos reseñas. Preguntamos. Contrastamos opciones. Porque sabemos que esa decisión tiene un impacto en nuestro bolsillo, en nuestra experiencia y en nuestra satisfacción.
Pero cuando votamos, muchas veces decidimos con menos rigor que el que usamos para elegir una hamburguesa que nos comeremos esta noche.
¿Por qué?
Porque en política no estamos comprando productos. Estamos comprando relatos, y la izquierda viene diseñando muy bien ese relato desde hace años (así a muchos no nos quepa en la cabeza), mientras que la derecha se quedó sin un relato convincente.
Esos relatos que nos hacen sentir parte de algo, nos dan tranquilidad, nos dicen que “vamos por el camino correcto”.
Y ahí es donde el marketing y la política se cruzan peligrosamente.
Porque una buena narrativa puede construir confianza, aunque no esté soportada en hechos verificables.
Y una mala narrativa puede hacer ver débil una gran propuesta.
Entonces la pregunta no es menor:
¿Estamos votando propuestas o estamos comprando historias?
Aquí es donde aparece la desinformación, pero no como enemigo externo, sino como algo que consumimos voluntariamente.
Elegimos seguir ciertas cuentas.
Elegimos creer ciertos mensajes.
Elegimos no contrastar.
En otras palabras: no solo somos víctimas del sistema, también somos parte de él.
Y eso tiene una consecuencia profunda:
En el mercado, si eliges mal, simplemente cambias de marca. En política, si eliges mal, el país entero paga el precio.
Por eso, hoy el verdadero acto de ciudadanía no es solo votar.
Es elevar el nivel de tu decisión.
Comparar.
Dudar.
Contrastar.
Escuchar lo que no te gusta.
Porque si no lo haces, alguien más lo hará por ti.
Y probablemente no será quien le convenga más al País, sino quien sepa venderse mejor.
#CuidaTuVoto, porque si eliges mal, eso sí que tendrá un impacto en el bolsillo de todos.
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